A más dinero, menos creatividad
Recientemente, David Fincher aseguró en el diario madrileño El País, que la crítica no sirve para nada. Olvida el señor Fincher que buena parte de lo que es se lo debe a los medios de comunicación que han reseñado favorablemente sus películas. Quizás, lo que le molestó al cineasta es que un periodista estadounidense violara el embargo que la productora de su más reciente filme, La chica con el dragón tatuado, impuso para publicar informaciones sobre la cinta antes de su estreno oficial. De nada les valió, pues durante su primera semana en la cartelera de su país, el público reacción con indiferencia.
Como quiera que sea, a David Fincher le sobra talento para hacer éxitos de taquilla, pero le falta humildad. Y eso es lo que más se nota en La chica del dragón tatuado (basada en el primero de los libros de la trilogía Millennium del escritor sueco Stieg Larsson) si se le compara con el magnífico thriller que con el nombre de Los hombres que no amaban a las mujeres dirigió en 2009 Niels Arden Oplev, compatriota de Larsson.
Quienes vimos la cinta sueca, difícilmente podemos abstraernos de ella mientras vemos la propuesta de Fincher. Así, nos encontramos con que la versión realizada con capital estadounidense no es más que la confirmación del poderío económico de Hollywood ante una producción independiente sueca que se adueñó, sin recurrir a grandes efectos y grandes decorados, de los códigos del suspenso tradicional.
Si bien Fincher y compañía fueron bastante fieles al texto original, en su adaptación, sin embargo, los personajes no son desarrollados a profundidad. Y esto es particularmente notorio en el caso de los integrantes de la familia Vanger, vinculada a una actividad industrial de la que podría depender la propia estabilidad sueca. A diferencia de la cinta de 2009, en esta que comentamos difícilmente se dejan entrever las oscuras intenciones, la avaricia, de los miembros del clan escrutado.
Uno de los aciertos de La chica del dragón tatuado es haber conservado en ambiente en el que transcurre la investigación de una serie de asesinatos de mujeres realizados según cierta ritualidad religiosa por parte de un periodista sobre el que pesa una acusación de vilipendio y una joven hacker con una desastrosa vida familiar. Pero la suecia que retrata Fincher es más parecida a algunas de las grandes ciudades de Estados Unidos, fundamentalmente por la propensión a la espectacularidad de la puesta en escena que termina por arropar el análisis que tanto Larsson como Niels Arden Oplev hicieron de una familia disfuncional con un pasado nazi.
Se extrañan en esta versión de Fincher, la obsesión de Lisbeth Salander, la hacker, por todo lo que tenga que ver con la violación de la información digital. Es más, no se entiende muy bien por qué el director de Seven y El club de la pelea decidió reunir a Salander y al periodista Mikael Blomkvist (encarnado por un Daniel Craig demasiado guapo para el personaje) casi una media hora después del inicio de su película. Igualmente, cae Fincher en la tentación de convertir a sus personajes en dos consumados investigadores, cuando en realidad se trata de amateurs en las lides policiales.
En fin, me quedo con la versión sueca del primer libro de la trilogía Millennium, por ser más honesta, menos prepotente y, sobre todo, mucho más aguda en el planteamiento de los personajes. Todo ello, pese a la pericia de David Fincher como director, a la magistral interpretación de Stellan Skarsgård como el calculador Martin Vanger y a la exquisita música de Trent Reznor.