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Sinopsis: |
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Sofía es una sexóloga que nunca ha tenido un orgasmo con su marido, Rob, simulando por muchos años el placer con éste. Sofía conoce a Severin, una dominadora que ha aparecido para ayudarla. James y su compañero Jaime, pacientes de Sofía, desean incluir a un tercero en su intensa relación, pero Jaime no está muy seguro. De repente todos estos personajes aparecerán en “Shortbus” un extraño lugar en los que se mezclan la política, el arte y el sexo.
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CRÍTICA |
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Sexo post 11-S
Cuando el cine que claramente se deslinda de lo pornográfico hace uso del sexo como recurso discursivo, casi siempre termina siendo blanco de las controversias, los ataques y los malentendidos que siguen a la discusión abierta de algunos temas que la hipocresía social prefiere mantener silenciados en nombre una moral y unas buenas costumbres que, al final, ni sus más desaforados defensores respetan.
Desde aquellas ingenuas imágenes del cortometraje mudo El beso hasta las de Irreversible, pasando por las Saló o los 120 días de Sodoma, El imperio de los sentidos, El último tango en París y La isla, entre muchas otras cintas que desnudan los cuerpos para cubrirlos de ideas y conceptos, el erotismo cinematográfico desprejuiciado, libre de falsedades y exento de forzados ocultamientos, ha debido conjurar las ansias de censura de quienes se erigen en verdugos de la supuesta inmoralidad de, por ejemplo, un plano medio de dos personas –ponga usted el género– en pleno coito.
Sin embargo, lo que muchos de estos censores de turno no entienden –tampoco están para hacerlo– es que el sexo como expresión del fuero interior de una individualidad o de un colectivo, opera a la perfección como imagen especular de un estado de las cosas que no siempre se puede explicar con palabras.
Por ejemplo, ¿cómo podría haber expresado Pier Paolo Pasolini lo aberrante que fue el fascismo en su Italia natal, si no hubiera contado la historia de un grupo de jóvenes vírgenes y saludables sometidos a toda clase de torturas físicas y psicológicas?, ¿cómo habría podido el japonés Nagisha Oshima hablar de los inexistentes límites de las pasiones humanas, si no hubiera mostrado a la pareja protagonista de El imperio de los sentidos autodestruyéndose progresivamente en cada nuevo encuentro sexual?
Para el cineasta tejano John Cameron Mitchell, conocido por el musical Hedwig and the Angry Inch, después del atentado del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York, el sexo comenzó a ser tomado de manera más permisiva por los jóvenes estadounidenses que, luego de la aparición del primer caso de sida, simplemente, criminalizaron esta manifestación del instinto humano.
“Durante la preparación de Hedwig… (2001) me sentí encantado de que el cine volviera a ser sexualmente honrado y sincero, como en los años 60 y 70, pero deploraba el hecho de que fuera tan desalentador y carente de humor. El sexo parecía ser tan negativo como lo es, digamos, para los conservadores cristianos. Bueno, es comprensible. Crecí en un ambiente católico-militar donde el sexo era una cosa aterradora y, por lo tanto, fascinante. Pensé en hacer una comedia neoyorquina provocadora, estimulante emocional y mentalmente, de gran franqueza sexual y, de ser posible, divertida. No tenía por qué ser erótica. En vez de eso, intentaría servirse del lenguaje del sexo como una metáfora de los otros aspectos de las vidas de los personajes. El sexo siempre me ha parecido la terminación nerviosa de la vida. Creo que si se observa a dos extraños haciendo el amor, pueden sacarse conclusiones acerca de su infancia y de lo que comieron a mediodía”.
Esa película a la que hace referencia el propio Cameron Mitchell es La última Parada, filme coral en el que este cineasta transforma en sexo (explícito, homo y heterosexual, para que el lector sepa a qué atenerse) en un metafórico estetoscopio capaz de captar las pulsiones sentimentales de una consejera de parejas que jamás ha experimentado un orgasmo; una melancólica dominatriz, y dos homosexuales que desean incluir a un tercero en su relación. Todos ellos coinciden en “La última Parada” –como los autobuses escolares pequeños que son destinados a niños con necesidades especiales¬–, un local donde se practica la libertad sexual y la soledad no duele tanto.
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